terça-feira, 16 de setembro de 2014

Ebola. Con los sepultureros del miedo





ALBERTO ROJAS Enviado especial Cementerio de Conakry
ELMUNDO.ES

"Si quieres unirte a nosotros ponte nuestro traje y obedécenos en todo. No toques nada ahí dentro, no te pongas nervioso y todo irá bien". Con esa naturalidad Sheik, el jefe del equipo, despacha la cuestión de si es conveniente que un periodista acompañe o no a los cinco sepultureros de la Cruz Roja guineana. Tampoco tienen tiempo para dar muchas más explicaciones porque hay trabajo que hacer: tres muertos por ébola que hay que enterrar cuanto antes.
Los cadáveres son la mayor fuente de contagio de la enfermedad porque el cuerpo del muerto tiene una alta concentración de virus. No es una misión sencilla ni bien pagada. Uno de los sectores que más fallecidos ha sufrido por la epidemia ha sido el funerario.
Estos sepultureros no son enterradores en realidad, sino carpinteros, taxistas o estudiantes de cine, como Sheik. Ganarán siete euros de prima por ofrecerse voluntarios, pero tienen mucho que perder.
Los cadáveres son la mayor fuente de contagio del ébola porque el cuerpo del muerto tiene una alta concentración de virus
Los cantares de gesta del eurocentrismo dicen que los blancos combaten aquí contra la enfermedad para que no mueran miles de personas en África del Oeste. Es falso. Salvo un puñado de miembros de MSF hay muy pocos expatriados sobre el terreno. Son negros los que luchan y negros los que mueren.
"Aquí tienes tu traje de protección", dice, y entrega una bolsa de plástico con lo que ellos llaman "la combinación", que incluye 12 prendas desechables (Dos tipos de guantes, máscara, gafas, traje completo, bolsas cubrecalzado, buzo impermeable, delantal de plástico...).
"Mira a los demás cómo se lo ponen e imítales". El objetivo es plastificarse y no dejar ninguna parte del cuerpo accesible al virus desde el exterior.
Vestidos para la guerra química entramos en el recinto que Médicos Sin Fronteras tiene habilitado para los enfermos de ébola.
El primer hombre del equipo, el propio Sheik, lleva un depósito de cloro a la espalda con un pequeño difusor para ir limpiando de virus el suelo donde pisamos. Algún enfermo ha ido dejando unas pequeñas amapolas sanguinolentas en esta parte del centro. Esta fiebre hemorrágica provoca vómitos y diarrea con sangre, y todo este recinto está contaminado de fluidos víricos.
En pocos segundos las gafas ya están empañadas, lo que dificulta la visión y el movimiento. Todo el cuerpo aislado del exterior transpira sin parar. Hablan entre ellos pero apenas se escuchan, porque la propia respiración es lo único que se oye dentro. Así que a veces tienen que recurrir a los gestos.
Una zona muy contaminada
Hay una tienda grande donde reposan dos cadáveres en sudarios de plástico blanco preparados por el personal de MSF. Las bolsas son herméticas, por eso no se percibe olor a muerto. Sheik pasa el aspersor de cloro por toda la morgue antes de que los demás entremos.
"Es una fase delicada", dirá después. "Esa zona está muy contaminada y es peligroso salir de aquí impregnado de fluidos". Sus compañeros Camara y Mamady toman uno de los cuerpos, lo depositan en la camilla y lo sacan hacia la 'pick up' que espera fuera. Y lo mismo hacen con el otro muerto.
Desde la 'ciudad del ébola', comienzan a asomarse los enfermos que pueden caminar
Los cargan en el coche mientras que, en el interior de la 'ciudad del ébola' comienzan a asomarse los enfermos que pueden caminar, aquellos que o se están recuperando o no se encuentran en la fase terminal de la enfermedad. Son tres hombres y una mujer que nos han oído sacar los cadáveres. Se quedan a cierta distancia de nosotros y nos saludan con la mano.
Quitarse el traje de protección representa un momento delicado. Hay que desprenderse de cada una de las prendas lavándose las manos con cloro cada vez, y siempre tirando de ella desde el interior, sin tocar la parte externa, que es la que se encuentra sometida a la contaminación. En total el ritual se demora entre 10 y 15 minutos para cada uno de los miembros del equipo. Todo el material que se ha usado dentro de la zona de exclusión se deposita en bolsas para ser incinerado.
No pueden verse sus caras, pero los dos muertos que viajan con nosotros en el coche camino del cementerio dentro su mortaja blanca son René, un policía de 29 años, y Aboubakar, un chófer de 25. Resulta un poco grosero ver asomar las bolsas de los muertos por la trasera del vehículo en medio de los embotellamientos y uno se pregunta qué pasaría en caso de colisión con otro vehículo, pero aquí estos son los medios disponibles y no hay otros.
Sin rezos ni ceremonias
En el cementerio ya no hacen falta los trajes especiales de la zona de exclusión, porque las bolsas ya están descontaminadas con el cloro que lleva Sheik, aunque todos se ponen guantes. Las tumbas ya están excavadas y esperan a sus moradores. Sin rezos ni ceremonias, Aboubakar y René descansan sobre la tierra empapada de Conakry, sin familiar alguno que los haya despedido por miedo a que sean marginados y estigmatizados por un pueblo que vive la enfermedad con pánico medieval.
El entierro de la tarde, en cambio, se celebra en una casa y si congrega a cientos de personas. Se trata de un conocido Imam de la ciudad y se le ha permitido a la familia velar el cadáver en su casa, protegido por la bolsa blanca que impide el contagio. No les agrada que el equipo acuda con sus vehículos decorados con sus cruces rojas.
Todos los vecinos se enteran entonces que el muerto ha fallecido por ébola, una noticia que corre por el barrio en minutos. Cuando empieza el funeral y la comitiva sala de la vivienda, un grupo ve al periodista blanco con la cámara junto al equipo de sepultureros y la tensión aumenta. No hace falta que se dispare ninguna foto para que un grupo de hombres forcejeen a golpes por el equipo fotográfico, que en pocos segundos acaba en manos desconocidas.
Dos partes de la misma familia, los que concedieron el permiso al periodista para estar allí y los que aseguran que no existía tal permiso se enfrentan entre ellos a mamporros, con el muerto de cuerpo presente.
Sólo al final del entierro, y ya con los ánimos más calmados, la cámara vuelve a manos de su dueño gracias a la mediación de los chicos de la Cruz Roja. Este episodio sirve para comprobar hasta qué punto cunde el nerviosismo en Conakry, que tiene miedo no sólo al ébola, sino a las consecuencias de que la familia del paciente quede estigmatizada para siempre por culpa de una foto que nunca se hizo.
Imagem: Miembros del equipo de voluntarios de Cruz Roja llevando cadáveres infectados con ébola al cementerio. ALBERTO ROJAS